Rusia ha pisado el acelerador para ganar la guerra. No la de Ucrania, sino la del nuevo orden multipolar. Y bajo la manga tiene un as sorpresivo: la necesidad imperiosa de Estados Unidos de financiar su déficit y disminuir el peso de su deuda. El mismo día en que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el vicepresidente James D. Vance, vapulearon verbalmente, en vivo y en directo desde el Despacho Oval, a su invitado, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski, los oficiales del presidente Vladimir Putin tocaron base con sus socios principales.
Las reuniones pasaron desapercibidas porque los reflectores fueron acaparados por el espectáculo en la Casa Blanca. El viernes 28 de febrero, Serguéi Shoigú, secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, visitó en Pekín al presidente de China, Xi Jinping. Los objetivos: fortalecer la amistad entre ambas potencias, reforzar la alineación estratégica e intercambiar puntos de vista en el marco de las negociaciones que Moscú lleva a cabo actualmente con Washington.
El mismo día, Dmitri Medvedev, vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia y presidente de Rusia Unida, se reunió en Moscú con Ri Hi-yong, secretario general del Partido de los Trabajadores de Corea del Norte, quien un día antes había dialogado con el presidente Putin. De lo poco que se dio a conocer, se destacó la intención de estrechar la cooperación entre Rusia Unida, principal partido ruso, y el Partido de los Trabajadores, sobre el que se sustenta el régimen norcoreano. A diferencia de la reunión de Pekín, la de Moscú fue de más bajo perfil. China ofrece un apoyo sigiloso e indirecto a Rusia en su guerra con Ucrania; Corea del Norte lo hace de manera abierta y directa.
También en Moscú y también el viernes, el canciller ruso Serguéi Lavrov recibió a Aleksandar Vulin, viceprimer ministro de Serbia, para fortalecer la asociación estratégica entre ambos países. El Estado serbio es el socio estratégico del Kremlin en los Balcanes, una región que la Unión Europea no ha logrado integrar completamente. Tres días antes, Lavrov había visitado Teherán para reunirse con homólogo iraní Abbas Araghchi para afianzar la coordinación económica y regional de Rusia con Irán, país clave para los intereses de Moscú en Oriente Medio además de proveedor de insumos para la guerra en Ucrania.
Y mientras Lavrov atendía a Vulin, Putin firmó la ley que ratifica el tratado de seguridad con Bielorrusia que garantiza responsabilidades conjuntas en materia de defensa. Para cerrar una "semana gloriosa" para Putin, Víktor Orbán, primer ministro de Hungría, integrante de la UE, puso un dique a la respuesta común de los países europeos frente al distanciamiento de Washington. Aplaudió la actitud de Trump en la Casa Blanca y urgió a que la UE inicie negociaciones de paz con Rusia bajo las condiciones del magnate republicano. Es decir, consolidar la capitulación ucraniana.
El cuadro es claro: Donald Trump sacude la estructura de alianzas que EUA construyó tras la Segunda Guerra Mundial, y Vladimir Putin consolida la estructura que le permite afianzar su esfera de influencia dentro del surgimiento de un nuevo mundo multipolar. Esta situación inusitada conduce a dos preguntas: ¿por qué Trump hace lo que hace? Y ¿qué tiene que ver Rusia con la deuda y el déficit de EUA? Las respuestas están vinculadas.
El principal problema económico de la potencia americana no es el déficit comercial, si no el binomio déficit fiscal-deuda pública. EUA cada vez gasta más de lo que sus ingresos le permiten y el pago por el servicio de la deuda es cada vez más pesado. Para cumplir la promesa de rebajar los impuestos a las empresas, las élites y ciertos sectores de la clase media, Trump debe resolver el problema del déficit-deuda. Para ello, tiene una estrategia ideada por Stephen Miran, el líder de sus asesores económicos. El objetivo es que los contribuyentes externos paguen el déficit y la deuda, y no los contribuyentes internos.
En una reciente entrevista para El Grand Continent, el analista económico Federico Fubini explica la "doctrina Miran" que pretende aplicar Trump. El primer elemento es la coerción económica que consta de aranceles a las importaciones provenientes de los socios comerciales de Washington, sean o no aliados estratégicos. Desde esta visión, los aranceles, que limitan el acceso al enorme mercado estadounidense, tienen un doble efecto: reportan ingresos en el corto y mediano plazo, y sirven como medida de presión para que los países afectados adquieran más bonos del Tesoro de EUA en las condiciones más favorables para este país. Es decir, que financien más y mejor la deuda estadounidense.
El segundo elemento es la coerción militar. En el caso de la UE, Trump amenaza con retirar las garantías de protección si los países europeos no están dispuestos a financiar más deuda a través de la compra de bonos del Tesoro a largo plazo y con bajos rendimientos. Y para evitar que los países de la UE recurran a la estrategia de prescindir del dólar en sus transacciones y en sus reservas, un tercer elemento son las "stablecoins", monedas digitales respaldadas en dólares y emitidas al margen de la Reserva Federal. Al ofrecer mejores condiciones de uso, estas monedas competirán con el euro, y al estar respaldadas en dólares, contribuirán a financiar los desequilibrios al aumentar la demanda de activos denominados en dólares.
El discurso de Trump defiende la idea de que en las últimas décadas su país ha gastado demasiado en seguridad, bienestar, salud y estabilidad del mundo, y es hora de pasar factura a ello. ¿Cómo? Haciendo que el mundo ayude a tapar el boquete fiscal y a pagar la deuda de EUA. Obviamente la retórica del presidente es tramposa, porque la gran potencia americana siempre ha gastado en el mundo bajo la óptica de sus propios intereses. El asunto es que los intereses cambiaron, y la deuda y el déficit han entrado en el terreno de lo insostenible.
Pero la doctrina Miran depende de un factor: que la amenaza comercial y el amago militar funcionen. Para la primera, necesita del arsenal arancelario. Para la segunda, necesita de Rusia. Mientras Moscú se mantenga como un desafío para la seguridad de Europa, los países de la UE estarán más dispuestos a aceptar las condiciones del nuevo patrón de Washington. Una Rusia fuerte y temible abona a los intereses de Trump, como la estrategia de EUA abona a los objetivos de Putin. Es la amalgama entre el imperialismo económico trumpista y el imperialismo territorial putinista.
Pero la apuesta es de alto riesgo y puede acabar mal. Además, no hay que perder de vista el factor China, el mayor financiador extranjero de la deuda estadounidense, después de Japón, que podría sacar enormes dividendos geopolíticos de los golpes que Trump está dando a los viejos aliados estadounidenses, y desequilibrar al titán americano a través de la venta masiva de bonos. El terrible juego está en marcha.
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