Bob Dylan ha vivido para transfigurarse. Su infancia es una leyenda que incluye años en un circo; su nombre auténtico, Robert Zimmerman, desapareció para dar lugar al seudónimo inspirado en el poeta Dylan Thomas, y en la película Pat Garrett & Billy the Kid, de Sam Peckinpah, interpreta a un personaje con un apodo que le sienta de maravilla: Alias.
Nacido en 1941, en Duluth, Minnesota, dijo haber llegado a Nueva York en un tren de carga. Nadie sabía de quién se trataba; su única seña de identidad era el torrente verbal que acompañaba sus canciones y que lo llevó a triunfar como estrella folk en el festival de Newport.
Fiel a su espíritu de ruptura, abandonó el acompañamiento acústico para incluir instrumentos eléctricos, decepcionando a quienes lo veían como heredero de Woody Guthrie, Pete Seeger y otros heraldos de la canción de protesta. Con el apoyo del grupo The Band, alcanzó el cielo del rock básico, pero se apartó de ese éxito para explorar las más variadas vertientes de la música popular.
Dylan detesta repetirse. En cada gira interpreta su repertorio de manera diferente y es capaz de lograr que Blowin' in the Wind sea irreconocible. Modificar la música es el combustible para modificarse a sí mismo. No hay personalidad más elusiva que la suya. Desde muy joven, se negó a tener un club de fans porque le pareció insultante que alguien fuera un "admirador". Para ponerse a salvo de la reductora etiqueta de la fama, se contradijo deliberadamente en sus declaraciones e inventó sus recuerdos con tal destreza que al cabo del tiempo pudo escribir una obra maestra de la falsa autobiografía: Crónicas: Volumen Uno.
En los años setenta sorprendió al convertirse al cristianismo, pero no se transformó en predicador ni observó la fe a pie juntillas. Aprovechó el poderoso influjo de la Biblia para lanzar el evangelio eléctrico de Slow Train Coming. Este viraje espiritual lo apartó de uno de los pocos rasgos reconocibles de su pasado, el de provenir de una familia judía.
Afecto a los disfraces, no vaciló en maquillarse para la gira Rolling Thunder Revue, que daría lugar a un espléndido semi-documental de Martin Scorsese en el que los testimonios reales alternan con anécdotas inventadas. Ahí, la actriz Sharon Stone cuenta que en la adolescencia fue a un concierto de Dylan, el cantante la descubrió en la entrada, la llamó "Kiss" por la camiseta que llevaba puesta y la dejó pasar al concierto. Convencida de haber inspirado Just like a Woman, la chica se sumó al recorrido en el que el cantante manejaba el autobús de los músicos. Aunque Dylan es el más conocido de los embusteros, muchos creímos que esta historia era auténtica.
¿Qué impulsa a borrar las huellas de la realidad? La dedicación absoluta de Dylan a su trabajo, su incapacidad de conectar con los demás y su egoísmo monomaniaco podrían alimentar un manual de disfunciones psicológicas. En términos de su legado, lo decisivo es que construyó una ficción para ejercer la veracidad del arte. Con 55 discos a cuestas, vive en función de su siguiente concierto, donde modificará lo ya logrado. Cuando no está de gira, resulta ilocalizable.
El más reciente intento de captar al mito es Un completo desconocido. Escrita por Jay Cocks, crítico de rock y guionista de La edad de la inocencia, la película registra los años formativos de un camaleón. El espíritu de la época y el ímpetu renovador del joven artista son reales, pero los datos se distorsionan en favor de la trama. Aunque Dylan no conoció a Guthrie y Pete Seeger junto a la cama donde el primero agonizaba, esta infidelidad refuerza la historia y rinde tributo a la forma en que el protagonista altera su biografía.
Rodrigo Fresán, dylaniano cum laude, ha puesto el acento en la forma en que Dylan reaccionó cuando James Mangold le dijo que quería filmar su vida: "¿Y de qué va a tratar?", preguntó el desconocido de sí mismo.
A propósito de Pessoa, escribe Octavio Paz: "Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía". El autor de La lluvia oblicua inventó heterónimos para que otras voces hablaran por él. Lo mismo ha hecho Dylan. La película de Mangold es digna de su título, tomado de Like a Rolling Stone. El artista se borra en el poema: "sabe ya que no tiene identidad... zarpa de sí mismo", escribe Paz.
El más popular de los poetas ha querido ser una persona imaginaria. Extrañamente, lo ha logrado.